Por José Gabriel Ceballos para LA GACETA
Todos los que vivimos la Guerra Fría lo recordamos: el temor de que se desatara un apocalipsis por el uso de las armas nucleares flotaba entre nuestros pensamientos como un fantasma tenaz. Claro que era un fantasma tenue, demasiado brumoso para perturbar nuestra cotidianeidad, nuestros proyectos, la perspectiva respecto al futuro en general. Ello porque se confiaba en que, aunque en el último instante, la sensatez de los máximos líderes de EEUU y la URSS se impondría al impulso de desencadenar la guerra y frenaría la inminencia del desastre, pues si así no ocurriera ambos bandos desaparecerían de la faz de la tierra, no habría vencedores ni vencidos sino sólo vencidos. La lógica de la supervivencia. El teléfono rojo salvador.
Me pregunto cómo será el fantasma de la destrucción que las alarmas que recientemente se encendieron en torno a la IA instalaron en nuestras mentes. Acá no actuaría un espíritu de supervivencia para frenar la cosa (no actuaría ningún espíritu). Las máquinas de la IA carecen de él, a esas máquinas no les importa nuestra sobrevivencia, simplemente actúan de acuerdo con sus cálculos, sus algoritmos duros y fríos. Además, la posibilidad de detenerlas en su proceso de destrucción aparece en sí misma como impensable, por la ya famosa aptitud de “autoduplicación superadora” que las coloca fuera de cualquier manejo por parte del hombre. Y pienso que allí habría que buscar uno de los efectos más graves que producirá, o que ya empezó a producir, la cuestión en nuestra especie: el tener que sobrellevar una paranoia que se volvería cada vez más virulenta, por la multiplicación de episodios que evidenciarían nuestra indefensión frente al peligro y, por ende, la presión de dicho peligro en la conciencia colectiva. El fantasma del fin ya no se nos presentaría como algo brumoso, difuso, sino con una nitidez insoportable, que aumentaría insoportablemente cada vez que nos enteremos de que la IA hizo otra de las suyas.
Lo que sucedió en estas últimas semanas en torno a la IA causó mucho miedo. Las redes y los periódicos se hicieron eco con una intensidad que reflejaba un verdadero “shock” de la llamada opinión pública. Hasta los medios más tradicionales y cautos, que al principio callaron, tuvieron que sumarse a tal reacción. Los que alertaban sobre el riesgo eran los que manejan la criatura, los que más lucran con ella. Admitían su impotencia sin rodeos, hablaban de un plazo de pocos años, incluso de meses, se privaban de mandar sus acciones al mercado. Sin embargo, la ola no tardó en apaciguarse, el fantasma no tardó en desdibujarse: las declaraciones emanadas de la más alta política internacional, los argumentos de que todo consistía en una estrategia marquetinera, etcétera, y las demás noticias propias de una actualidad ya convulsionada, llena de vorágines, menguaron el efecto.
Pero cuando la IA vuelva a agitar al fantasma, ¿cómo se comportará el fantasma en el interior de cada uno de nosotros? ¿Cuánto daño mental nos provocará?
No resulta difícil imaginar que acabaremos cayendo en una angustia sin retorno. Y vislumbrar un mundo prisionero de histerias capaces de arrasar con cualquier contención que intenten darles desde cualquier poder. Uno en el que el futuro ya no se vería incierto sino progresiva e ineluctablemente terrorífico, algo que ya nadie lograría negar. Y sin duda, el tener que sufrir tal condena sintiéndonos encadenados para siempre a nuestro verdugo, a sus contraprestaciones de eficiencia, celeridad y comodidad, aún potenciaría nuestra zozobra existencial. ¿Exageración? Tal vez. De todos modos, los tiempos oscuros que nos traerá la IA parecen inevitables. Thomas Friedman escribió días atrás en The New York Times: “Es demasiado tarde para pensar que un mejor control de los futuros modelos de IA por parte de Estados Unidos y China solucionará los desafíos que enfrentamos hoy, debido a los peligrosos modelos que ya circulan, sin control y que no se pueden eliminar”.
Cabe, sí, conjeturar que habría algo positivo en ese mundo: adquiriríamos una conciencia plena de la estupidez que nos llevó a arruinar para siempre la maravilla de la condición humana. Una conciencia inútil pero conciencia al fin. Por la cual nos ahogaríamos en la desesperación convertidos en personas humildes e inofensivas, incluso los megalómanos que hoy presumen de dioses gracias a la IA. Un consuelo pobre, por cierto, pero algo es algo.
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José Gabriel Ceballos – Escritor.